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AYAWASKA: LOS MUNDOS INVISIBLES Y LA FUERZA ANCESTRAL – Una Entrevista con Pedro Favarón
Por Carlo Brescia
Marzo 2018

Pedro Favarón es comunicador social, periodista, investigador, ensayista y poeta. Es comunero empadronado de la comunidad nativa de Santa Clara, de la nación indígena shipibo-konibo. Doctor en Literatura por la Universidad de Montreal y Magister en Comunicación y Cultura por la Universidad de Buenos Aires. Lleva más de 17 años trabajando con plantas medicinales del Perú y con médicos tradicionales de distintos pueblos indígenas, tanto de la región andino-amazónica como de Norteamérica. Fundador y director de la Clínica de Medicina Tradicional Nishi Nete. Contribuye periódicamente con la revista El Ojo Interior – Semillas para la Consciencia Ciudadana editada en Trujillo. Vive a orillas del caño del Mapo Tae, en el distrito de Yarinacocha, Perú.

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> Pedro Favarón y Chonon Bensho en la laguna Yarinacocha, Pucallpa.

1. Carlo Brescia: Muchas gracias Pedro por acceder a esta entrevista y por el tiempo y cuidado dedicado a responderla. También agradezco este camino tuyo de profundizar en lo tradicional y ancestral de nuestro territorio, especialmente desde las dimensiones espirituales y medicinales de los pueblos originarios. Empecemos con una pregunta relacionada a este territorio peruano nuestro: así como existen heridas y memorias por sanar en individuos (y es donde debe empezar cada uno), ¿consideras que existen heridas y memorias por sanar en sociedades como la nuestra? ¿Existe una herida cultural peruana por sanar (o heridas)? De existir, ¿cuál sería su origen?

Pedro Favarón: El Perú nace de la violencia conquistadora. Está signado por ese malestar del desencuentro y la imposición del que no hemos sanado. Hablando a un nivel arquetípico, hay un punto de vista que he compartido desde hace muchos años con mi amigo el poeta David Novoa: el proceso de la transculturación en el Perú parte de una violación. Hay un desprecio generalizado por la madre indígena, por la tierra ultrajada, y una relación problemática con la figura del padre conquistador y, en muchos casos, ausente. El desprecio a la madre deriva en un pensamiento degenerado. Queremos repetir una y otra vez el abuso del padre que toma por la fuerza y arrebata, que siempre quiere saltarse los mecanismos legales para imponer la voluntad del poder y del capricho. Vivimos bajo el imperio del deseo egoísta y la arbitrariedad. Esto ayuda a explicar el maltrato cotidiano hacia la mujer en nuestro país, así como nuestro permanente intento de ocultar nuestras raíces ancestrales para tratar de aparentar ser otra cosa.

Hay un intento desesperado, en mucho peruanos, por parecer modernos. Sin embargo, el drama del mestizaje en el Perú es que nunca llegamos a ser modernos del todo, porque lo reprimido de nuestro origen indígena retorna por un lado o por el otro. Entonces, no accedemos a lo mejor de la modernidad y al mismo tiempo desconocemos nuestra raíz ancestral. Nos quedamos sin ser ni chicha ni limonada. Piensa, por ejemplo, en una ciudad como Pucallpa: la mayoría de mestizos no conocen las lenguas indígenas, no sienten un respeto por el bosque, saben poco de las plantas y de sus beneficios; pero los bienes culturales que consumen son lo peor de Occidente y su nivel de educación, en términos académicos occidentales, es muy bajo. Y encima hay cantidad de compatriotas que se regodean en su ignorancia, que quieren hacer de su ignorancia y de su “viveza” criolla una suerte de blasón nobiliario.

El Perú no es un territorio, cultural ni geográficamente, occidental; sin embargo, toda la institucionalidad del estado-nación ha tratado de ser copiada en base al paradigma francés de la República. Lo cual es a todas luces un despropósito, porque el modo de gobernar y administrar un territorio debe nacer del propio territorio, y no imponer a la fuerza modelos que responden a otras realidades y procesos históricos. Las clases dirigentes y medias anhelan barnizarse con el halo de la modernidad, parecer ciudadanos globalizados y muchas veces de mente abierta, pero no quieren prescindir de los beneficios coloniales de un país desigual. La estructura social en el Perú sigue siendo muy jerarquizada y el racismo es omnidimensional; todos tenemos a quien despreciar. Es posible que esto se haya desmontado un poco a partir de una expansión del sistema capitalista, en el que cada vez importa menos de dónde se viene, sino lo que se tiene y lo que se aparenta tener. Eso no es muy saludable, porque seguimos dejando de lado nuestro origen, nuestra pakarina. La erradicación de los conocimientos ancestrales se está agudizando. Yo creo que este desprecio generalizado tiene que ver con que no nos conocemos a nosotros mismos, que no nos aceptamos y amamos; y quien se desprecia a sí mismo, no puede amar a otro ni respetar la diferencia. Tal vez por ello nos es tan difícil tener un trato considerado y comprensivo con los demás.

2. CB: Muchas veces, donde está la herida también hallamos la medicina para sanarla, es cuestión de cambiar de perspectiva, “voltear el pastel”. ¿Cuál(es) sería(n) las terapias para sanar esta ‘herida cultural’?

PF: Para poder dialogar con el otro de una manera respetuosa, hay que primero tener una conexión profunda y fructífera con aquellas tradiciones que nos constituyen. Según dice el monje budista Thich Nhat Hanh, “cuando respetamos a nuestro antepasados de sangre y a nuestros antepasados espirituales, nos sentimos enraizados. Si podemos encontrar maneras de cuidar y desarrollar nuestra herencia espiritual, evitaremos esa especie de alienación que destruye a la sociedad y volveremos a sentirnos enteros. Debemos animar a los demás, especialmente a los jóvenes, para que regresen a sus tradiciones y redescubran las joyas que guardan. Aprender a entrar en profundo contacto con las joyas de nuestra propia tradición nos permite comprender y apreciar los valores de otras tradiciones y ello será beneficio para todos”. Hay que conocerse a uno mismo, rescatando los aspectos más fecundos y libertarios de nuestras herencias culturales, y desechando las tendencias autoritarias. Tenemos que ser conscientes de los aspectos positivos y negativos de nuestras culturas, para a partir de ello ver qué conviene mantener y qué debemos cambiar; qué debemos aprender de las otras culturas y qué podemos ofrecer a la humanidad.

El mestizaje o los encuentros culturales no tienen que ser vividos como un drama; por el contrario, creo que el mestizaje, cuando se hace con amor y respeto a las diferencias, puede rescatar lo mejor de las culturas que se encuentran. Y en ese encuentro amoroso todos crecemos, aprendemos y nos nutrimos, nos fortalecemos, de múltiples maneras. No es dable plantear respuestas tan facilistas y fantasiosas como el retorno al Tawantinsuyo, ya que es imposible negar los aportes culturales que han traído los últimos 500 años de migraciones de otros continentes al Perú. No existe nada puro, nada sin mezcla. Creo que más bien, y rescatando el proyecto de buena parte de la generación intelectual peruana de principios del siglo XX, se trata de generar una modernidad andina, una manera de vivir esta época en nuestros propios términos. Hay que responder tanto a los retos de la globalización, como a la necesidad psíquica, espiritual y aún física de sentirnos enraizados en nuestras ancestralidades. Desde el mundo de los antepasados nos viene una fuerza y una sabiduría con la que podemos encarnar los retos que nos plantea el aquí y el ahora, el kay pacha.

Siempre tengo presente a los tres cronistas indígenas del Perú, padres de nuestra tradición literaria: el Inka Garcilaso, Guaman Poma y Santa Cruz Pachakuti. A pesar de las notorias distancias entre ellos, todos plantean un cristianismo indígena, en el que incorporan la enseñanza crística de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como uno mismo, para a partir de ella cuestionar los abusos del propio régimen colonial. En las reflexiones filosóficas de Garcilaso, nutrido de buena parte del pensamiento político y espiritual del Renacimiento europeo, se postula de forma tácita que los descendientes de las antiguas culturas del Tawantinsuyo tienen la capacidad intelectual y moral de gobernar el territorio, tomando algunos aspectos de Occidente pero sin perder los logros civilizatorios de su tradición. El ejemplo de Guaman Poma es aún más radical: utiliza la escritura alfabética de Occidente y el género literario de la crónica, pero lo transforma y lo rebasa, escribiendo frases enteras en quechua y dibujando los conceptos que no llegaba a expresar en palabras. No en vano, Fredy Roncalla lo considera el primer artista de vanguardia. Creo que en el siglo XX toda esta tradición alcanza una cumbre con José María Arguedas. Lamentablemente, y por múltiples factores, él lo vivió con mucho sufrimiento; nosotros, en este tiempo, podemos seguir su ejemplo, pero encarnando los desafíos de una manera más gozosa e imaginativa. Al final, creo que toda curación, para ser completa, depende de que podamos abrirnos a la vida, a los otros y a nosotros mismos con amor, respeto y generosidad.

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> Puka Allpa. Viaje hacia la selva invisible (2014). El año 2017 se publicó la segunda edición en Argentina y la tercera en México.

3. CB: ¿Cómo nació tu interés por estos mundos? ¿Por qué estudiaste lo que estudiaste y caminaste lo que caminaste?

PF: Yo nací en Lima y he recibido desde mi infancia una educación en términos occidentales bastante buena desde el punto de vista académico. Mi familia materna no es aristócrata, sino que pertenece a ese pequeño sector de la sociedad limeña cuya economía y pensamiento es burgués e industrial. Viví una infancia urbana y sin carencias económicas. Sin embargo, también tuve una pronta e intensa experiencia del paisaje costero. Pasaba mis días y noches de verano en una playa que entonces era casi desierta; los pasaba en el mar, corriendo olas, descalzo, y en las noches me gustaba pasear por la playa, sentir la respiración de las olas, la arena fría en la plantas de mis pies, caminar entre cientos de gaviotas que al volar se asemejaban a las estrellas. Creo que desde entonces tuve un llamado de los antiguos. Se contaban historias acerca de que esas playas eran cementerios de los “gentiles”. Creo que mi amor por la tierra y lo agrario me viene también del lado de mi abuela materna, que era descendiente de una familia de italianos migrantes que se amestizó con la rica herencia genética, cultural y espiritual de Chincha, del antiguo territorio gobernado por el Chincay Kamayoq. He tenido encuentros inesperados cuando he ido a visitar la waka de Chincha. He sido bienvenido. Esa es mi suerte. Dice mi madre que ella me encomendó a San Martín de Porras desde mi nacimiento. Él era humilde y curaba con plantas.

Mi padre nació en Argentina, en Bahía Blanca. Mi abuelo fue almirante de la marina de guerra; su apellido era italiano y su madre era de La Paz, en Bolivia. Y mi abuela era descendiente de vascos asentados a ambos lados del Río de la Plata desde tiempos de la colonia. Mi padre, a pesar de ser ingeniero, era un excelso dibujante, amaba las pampas, los caballos y lo gauchesco. Era una persona culta y muy conocedor de culturas antiguas, desde los mayas a los egipcios. Consideraba a Buenos Aires como una selva de cemento. Vivió muchos años en Maracay, en Venezuela, donde yo pasé los primeros años de mi vida y volví varias veces en mi adolescencia. Puede ser que ese clima tropical me preparó para mi residencia amazónica. Sé que mi padre sufrió un ataque de brujería en Venezuela; tenía ansiedad, insomnio y atravesó situaciones de riesgo. Él era un poco mujeriego y allá se practica mucho la santería del tipo caribeña. Tuvo que ser curado por un maestro tabaquero de la sabana venezolana. Mi padre me contó historias increíbles sobre esos trabajos espirituales. Él aprendió a leer las cenizas de los habanos. Sé que rezaban mucho por mí, para protegerme, pero sé también que luego desde gente allegada a él me hicieron brujería. Pero Dios me supo guiar y lo he podido superar.

Mi despertar a lo espiritual fue muy temprano. He pensado en la muerte y en el destino del alma desde que tengo, por lo menos, cuatro años. Como mi familia materna se pensaba a sí misma en términos modernos y burgueses, no tuvieron muchas herramientas para acoger y encauzar mi temperamento poético y místico. Mi madre, sin embargo, siempre ha tratado de comprenderme y apoyarme; y mis abuelos me amaron incondicionalmente. Yo fui muy católico de chico, aunque no era muy obediente. Me interesaba mucho la tradición profética. He leído el libro del Apocalipsis desde la primaria. Los curas nunca supieron darme las respuestas más profundas que yo necesitaba y el clero me decepcionó; por años me alejé de Cristo, sin entender la diferencia entre el mensaje cristiano y la institución. Traté de buscar respuestas en otros caminos espirituales, como el sufismo y el budismo, pero lo hice desde una posición intelectual y rebelde. Pronto entendí que el antiguo Perú que aún persiste resilente, guardaba un influjo de sabidurías que debía asumir. Yo solía repetir: “El Perú es mi oriente”, en el sentido de lugar de orientación espiritual. Fui así como a los diecisiete años me empecé a interesar por las plantas medicinales y los saberes indígenas. Yo siento haber nacido para esta senda.

Por un buen tiempo mi acercamiento a lo ancestral lo hice de una manera autodidacta, sin la guía apropiada, lo cual es un camino peligroso cuyas consecuencias tuve que asumir años más tarde. Tomaba plantas, pero no abandonaba un estilo de vida bohemio que es incompatible con la medicina. Luego de un viaje a la selva peruana, que hice junto a mi amigo Carlos López Sanabria, de Salta, en el que nos internamos en canoa en el monte virgen y tomamos ayawaska, me convencí de apaciguar mis antiguas costumbres y a aprender en serio sobre la medicina amazónica. Yo acababa de terminar mi maestría en la Universidad de Buenos Aires. En ese momento todavía no me imaginaba dejar mi vida urbana del todo, así que decidí estudiar un doctorado en Norteamérica que me permitiera profundizar en el tema. Fui a la Universidad de Montréal con una beca y empecé a estudiar la literatura oral amazónica desde el punto de vista de las relaciones con los mundos espirituales y la medicina. En esos años tuve la suerte de visitar a varias ceremonias indígenas: medewiwin, ceremonia de tabaco, danza del sol, tomé peyote con el native American Church, temazcal. Conocí gente muy sabia, que habían superado vicios y dificultades gracias a las ceremonias medicinales. Y también viajé mucho por la selva. Primero estuve en San Martín, donde trabajé con Don Miguel Salas y don Lucho Paredes, además de visitar curanderos de Chazuta y otras zonas. Estuve con mucho gusto en la biblioteca de Taki Wasi, donde encontré textos fundamentales para mi investigación. Tuve luego una intensa colaboración con un estudiante awajún, Etsa Tsajaput, un entrañable amigo que murió joven. Empecé a trabajar con algunos practicantes shipibos y mestizos, pero no me pudieron enseñar la profundidad de la herencia medicinal, sino que practicaban de una manera que al final no me terminó convenciendo. Aprendí mucho, pero no era lo que estaba buscando. Mi corazón todavía no tenía paz, pero yo rezaba mucho pidiendo aprender bien, alcanzar el conocimiento de los antiguos. Todos los días lo pedía de todo corazón.

Tras recibir mi doctorado conocí a mi esposa y fuimos a vivir a la Comunidad Nativa de Santa Clara. Pero fue entonces cuando todos los años de no haber dietado las plantas de manera adecuada se manifestaron y empezaron a enfermarme. Y encima un viejo brujo, lleno de mañas y secretos, empezó a atacarme con su magia shitana. Yo me sentía confundido, mi pensamiento estaba inquieto, tenían una gastritis crónica, mi cuerpo se debilitó, mi piel pegada a los huesos, la diarrea me vencía. Sufría pesadillas terribles. Aunque todavía no había profundizado mucho en la senda medicinal, tenía el suficiente conocimiento para saber lo que me estaba pasando. Y que la muerte y el demonio me cercaban. Entonces, en una ceremonia de ayawaska, escuché que el abuelo de mi mujer me hablaba con claridad: “tienes que dejar de lado tu mal pensamiento y el temor. Si empiezas a dietar bien, no tienes nada de que preocuparte”. Me arrepentí de todas mis faltas y consagré mi vida a Dios y a la medicina. En verdad que en ese momento renací y dejé de lado mis rumbos torcidos. Fue entonces cuando me decidí a dietar con rigor. Me fui a vivir a una pequeño tambito y no veía a nadie. Mi esposa me pasaba los alimentos por debajo de la puerta y se marchaba. Ella me ayudó mucho y sufrió conmigo, porque quería verme bien. Y es que ella empezó a soñar con su abuelo Ranin Bima y él nos iba indicando qué hacer. Tuve también guía y ayuda de algunos parientes de mi mujer. Primero fue Isayuy, que es hijo de mi tío Miguel Rengifo. Luego, mi tío Shanen Sheka. Y ahora trabajo con mi tío Eloy, que es un gran conocedor. Siempre estamos juntos, conversando, y él me trasmite sus conocimientos y secretos.

Por mis orígenes culturales y mis rasgos físicos, sé que hay gente que pregunta si en verdad habré aprendido. La gente es bien envidiosa y mal pensada, porque ellos mismos no viven bien. Son sus propios resentimientos. Muchos se confunden conmigo, pero a mí no me afecta. Cuando la gente me quiera hacer mal y probar, yo aprendo más superando esas trampas. Cada quien sabe lo suyo y quienes pueden hablar de mi conocimiento son mis pacientes. No me voy a vanagloriar de nada, porque todo conocimiento humano es poco frente a la ciencia del Espíritu. Cada ser vivo tiene su propio conocimiento y nadie sabe todo. Estamos aprendiendo todo el tiempo. Y ha de haber siempre alguien que sepa más que nosotros. Lo importante es ser y no parecer. He sido recibido en este mundo y en el otro mundo por los parientes de mi esposa, por los antiguos médicos, y con eso estoy tranquilo. Yo me he acercado con humildad y respeto, por eso se han abierto conmigo. Han visto mi corazón y cuáles son mis intenciones. Pienso que antes quería probar mi valía frente a los demás, lo que sabía; ahora ya no tengo nada que demostrar. Mi trabajo debe hablar por sí mismo. Sé que el Espíritu sopla dónde quiere, muchas veces de forma imprevisible, ajena a la lógica de los hombres; Él elige a quien quiere dar sus dones, y espera también muchos de quienes Él bendice, pide mucha entrega y sacrificio. Hay que tener un pensamiento fuerte pero sencillo y ser amable con todos. Debemos caminar con la prudencia del anciano, el corazón inocente de un niño, y la determinación del guerrero. Y siempre tener a Dios presente, pues nada podemos sin Él. Solo suyo es el poder y la sabiduría.

4. CB: Tus libros y artículos hablan de los espíritus y los mundos suprasensibles de la Amazonía y el mundo Andino. Seres y dimensiones de la realidad a los que un iniciado entra en contacto a través de ciertas técnicas chamánicas como el uso de plantas visionarias, las técnicas de respiración, meditación, dietas, ayunos, danzas y sonidos, entre otras. Al usar el concepto de chamanismo como práctica humana más allá de un solo territorio de Mircea Eliade (más allá del origen siberiano del término), me refiero al significado como conjunto de técnicas para entablar relaciones con el mundo espiritual/divino/suprasensible/invisible y ‘activar’ energías de esos planos de la realidad para tener efectos en el mundo visible. Y también como una práctica que busca, de acuerdo al antropólogo Douglas Sharon (y que comparto), restablecer el equilibrio en las personas, comunidades y lugares. Es decir, es más que un médico. ¿Qué piensas de esto? En el mundo shipibo-konibo, ¿la acción del médico visionario va más allá de la terapia individual?

PF: Yo no puedo hablar del mundo shipibo-konibo como si se tratara de algo homogéneo. Es un pueblo muy diverso, en el que muchos de sus miembros suelen tener en alto valor su propia individualidad e independencia. Casi diría que se trata de una nación muy individualista, pero con desprecio por la mezquindad y una reivindicación de la generosidad. Existe un patrimonio cultural y espiritual compartido, pero cada familia lo expresa de una manera particular. Por eso yo de lo que puedo hablar es de la práctica de mi familia indígena, de sus conocimientos y formas de entender la medicina; de todo aquello que he aprendido de mis cuñadas, de mis tías y tíos, de mi suegro, de mi suegra, de nuestro abuelo Ranin Bima, quien fue un gran médico. Y él se sentía muy fastidiado con el término chamán. Entonces yo y mi mujer tenemos que practicar como él nos enseñó. Desde el mundo de los sueños, desde el territorio fértil y vivo de los antepasados, él nos guía y nos indica cómo actuar, cómo debemos hablar, para expresar con propiedad el conocimiento ancestral y poder ayudar a los demás.

No creo que sea conveniente el aplicar categorías pre-establecidas por el mundo académico desde Occidente para explicar las realidades indígenas; más bien, tenemos que conocer las lenguas indígenas, y a partir de ellas traducir los conceptos para que sean entendidos por la comunidad académica y por los lectores occidentales. En shipibo a los médicos se les dice Onanya, que significa el que sabe, el sabio; y también existe otra categoría que es el Meraya, que puede ser traducido como el que encuentra, porque el Meraya halla las almas perdidas y las trae de vuelta, halla también a los espíritus medicinales, a los sabios que viven en los territorios sutiles. Nosotros entendemos que la sabiduría de una persona siempre debe derivar en formas de servicio a los demás. No hay sabiduría en el egoísmo. El médico sabio da una palabra de consejo que orienta nuestros pasos en este mundo; nos enseña a vivir de forma legítima, a alcanzar el buen vivir, con sabiduría, prudencia y plenitud. En tal sentido, sí rebasa el concepto de médico que maneja la modernidad científica, pero creo que responde a una forma más antigua de entender lo que es curar, en el sentido de devolver a la persona a su condición legítima, saludable, acorde con los preceptos de los antepasados. Nosotros no aliviamos los síntomas, sino que para curar hay que ir a la raíz de las enfermedades y desde ahí sanar. El maestro Jesús, el rabí de Nazaret, era un médico sagrado; y a Buda lo han llamado Rey de los Sanadores.

Cuando era joven leí con mucho interés a Mircea Eliade y su concepto del chamanismo como técnica arcaica del éxtasis. Fue un libro que por mucho tiempo guío mis reflexiones y mis aproximaciones al mundo de las plantas visionarias. Sin embargo, sus categorías no me han resultado apropiadas para explicar y traducir las realidades culturales de la Amazonía y los conocimientos que he recibido desde que me casé con Chonon Bensho, desde que soy parte de una familia que practica la medicina amazónica. Solo para poner el ejemplo más notorio de esta distancia conceptual con Eliade: a mí el ayawaska no me produce nada parecido a un estado de éxtasis, en el sentido de salida de mí mismo, disolución en el cosmos o suspensión de mis facultades intelectuales. El médico no se puede dejar dominar por el ayawaska al punto de perder conciencia de sí; por el contrario, el pensamiento fuerte del médico debe dominar al ayawaska y canalizarlo para trabajar en ayuda de los pacientes.

Si entendemos el éxtasis en tanto estado de unión con Dios, con lo divino, tampoco creo que eso lo den las plantas; la verdadera unión con Dios es siempre un don inmerecido, que no se alcanza por técnica alguna, que Él nos brinda por compasión y amor. Para permanecer en unión con el Espíritu de Luz solo hay que ser humildes y vivir bien, con sencillez, con naturalidad y en santidad; es algo fácil, pero la mente lo complica y nos quedamos buscando explicaciones más sofisticadas. Queremos llegar a la iluminación por nuestro propio esfuerzo; pero sólo cuando acogemos el llamado del Espíritu, podemos nosotros mismos ser luz. Hay quienes entienden la unión con lo divino como un embriague, pero me siento más inclinado a vivirlo con sobriedad y sin excesos, en lo ascético y con discreto gozo en el corazón. Creo que esa búsqueda del éxtasis por sí mismo tiene que ver con un intento de huida de la realidad y una pulsión hedonista que prima mucho en Occidente, y no se relaciona con el pensamiento indígena.

Ahora, lo que el ayawaska aporta es una percepción acrecentada de la realidad. Gracias al ayawaska, el médico puede ver aquello que normalmente no se muestra de forma tan nítida a los sentidos biológicos; y también el ayawaska nos ayuda a profundizar nuestra conexión con el mundo espiritual, para poder traer esa fuerza en nuestros cantos medicinales. Además, nos dona una vitalidad que permite pasar la noche despiertos y curar a los pacientes. Un médico que se ha iniciado de forma legítima no necesita el ayawaska para ver más allá y diagnosticar a sus pacientes, porque por sus mismas dietas ya tiene una percepción agudizada. Viendo nomás a la persona, tocando su pulso, conversando con ella o soñando, puede obtener información suficiente como para hacer el diagnóstico y aplicar una prescripción. El ayawaska es una herramienta para ver un poco más allá y se usa cuando es necesario. El ayawaska es para curar. Cualquier otro uso reduce el ayawaska a una droga; hay mucha gente que encuentra razones muy ingeniosas y discursos muy elaborados para justificar su consumo de drogas y escapismo.

Las visiones que nos vienen cuando tomamos ayawaska son para curar a los pacientes, para saber qué males los perturban y qué debemos cantar. No hay que enajenarse en las visiones o ir corriendo detrás de ella. Pero en el consumo postmoderno de la planta hay una fascinación desmedida por la visión. Como las personas no tienen un pensamiento fuerte y claro, como no se sienten cómodas consigo mismas, se enajenan con facilidad y corren detrás de cualquier imagen, sin saber si se trata de algo positivo o negativo para ellos. Es muy importante leer de forma adecuada la naturaleza de las visiones; y eso es algo que en buena medida nos lo da la tradición, el conocimiento de nuestros mayores que nos ayuda a interpretar las visiones de manera legítima. El médico, con sus cantos y concentración, mantiene a distancia las visiones para poder obtener conocimiento de ellas y no permitir que se le acerque nada negativo. No podemos perder alegremente nuestra capacidad de discernimiento.

5. CB: Escuché decir recientemente que tanto el maestro de luz como el maestro de la oscuridad curan. Si el ‘brujo’ trabaja con energías de baja vibración como el egoísmo, la envidia, la ambición, el resentimiento, el miedo, la ira, la mentira, la culpa, la venganza y la lujuria, entre otras emociones, ¿realmente están curando? ¿Cómo ves a estas personas? ¿Cómo funciona el poder hipnotista o fascinador del brujo?

Las plantas no son ni buenas ni malas. Son plantas. Por eso yo siento que es un error decir madre planta ayawaska, como si se tratara de una especie de diosa. Esto viene de una mala interpretación de la expresión mestiza “la madre de la planta”, que es otra forma de decir el Dueño de la planta, lo que en shipibo se conoce con el nombre de Ibo. El ayawaska es una liana; y su Dueño espiritual se nos presente, por lo menos a nosotros, con la figura de un Inka. Toda planta puede ser usada para el bien y puede ser usada para el mal. Depende de lo que el practicante tenga en su corazón. Las plantas no nos llevan a Dios y no contienen tampoco la totalidad del conocimiento de Dios; esto no tiene ningún sentido. Más bien, necesitamos que la luz del Espíritu ilumine nuestro corazón para poder practicar la medicina, para utilizar estas plantas de forma generosa y para beneficio de los demás; que el Espíritu regenere nuestro entendimiento, que nos limpie de deseos egoístas, que nos done esa vocación de servicio.

Ahora, ninguno de nosotros es perfecto; podemos aspirar a la perfección, a caminar con rectitud, pero siempre tendremos nuestras fallas, debilidades y puntos ciegos. Hay que estar los más atentos posibles y no dejar prosperar lo negativo, no identificarnos con la ira, la lujuria y el egoísmo; es mejor seguir el ejemplo de los antiguos, de los Dueños del mundo medicinal, y practicar lo que ellos nos enseñan para beneficiar al resto de seres sensibles y promover el equilibrio. Yo creo que la humildad consiste en saber que los seres humanos no podemos vivir bien por cuenta propia; que cuando vivimos según nuestras ideas personales y confiando en nuestras habilidades, siempre nos equivocamos y traemos sufrimiento. Necesitamos orar y pedir ayuda al mundo de los espíritus para todo, desde lo más pequeño hasta lo más grande.

Cuando tomamos las plantas y dietamos bien, los Dueños de la planta se hacen nuestros amigos, los sociabilizamos, los civilizamos con nuestro buen pensamiento; entonces nos dan conocimientos para que podamos curar a los pacientes, a los que nos piden ayuda con humildad. Pero también nos dan una fuerza para defendernos de nuestros enemigos. Todo médico despierta envidias y rivalidades entre los que no practican bien y tienen un corazón agitado; el Onanya siempre tiene que estar preparado para defenderse. No resulta muy sabio imaginar que se trata de un mundo en el que prima el amor y la generosidad; el ser humano es ser humano, y son pocos los que logran liberarse de la mezquindad. El ayawaska no cura el egoísmo. En shipibo al egoísta se les dice yoashi y es un fuerte insulto, una conducta antisocial que origina muchos problemas en las comunidades.

Los Onanya también deben desplegar sus defensas espirituales para proteger a los pacientes que sufren brujería o que están poseídos por demonios; el médico tiene que hacer retroceder a las entidades negativas. Son depredadores que se alimentan de su presa, como parásitos espectrales. El médico legítimo, a pesar de no ser perfecto, sabrá usar de estas habilidades defensivas con prudencia, sin enajenarse en ellas o dejarse fascinar por el poder. Nunca va a dañar a personas inocentes o batallar contra quienes no tienen la capacidad de defenderse. No pretende asesinar a su enemigo, ejerciendo justicia por cuenta propia; solo se trata de que sus enemigos lo respeten para que lo dejen trabajar tranquilo, o de liberar a los pacientes de un daño del que no tienen la fuerza espiritual y el conocimiento necesario para liberarse por sí mismos.

En la lengua shipibo se conoce con el nombre de buman a una suerte de magia mentalista. Algunos brujos se entrenan y desarrollan esta facultad para, con su poder mental, dominar a las personas, hipnotizarlas. Y normalmente sacan mucha plata de los ingenuos que se acercan a ellos; pero con esa misma facilidad suelen perder la plata obtenida y les resulta de poco provecho. Si tomamos ayawaska con personas así, nos mostraran visiones de falsa luz y de belleza artificial, toda suerte de maravillas barrocas que fascinan a algunos apelando a su ego, prometiéndoles poder y satisfacción de sus deseos egoístas. El buman trabaja en base a las debilidades y complejos irresueltos de las personas para atraparlas en su red de ilusión. Es siempre un maestro del engaño, que mezcla la verdad con la mentira. Hay que recordar que no todo lo que brilla es oro; y no todo oro es luz del Espíritu. El brujo es una persona carcomida por la envidia, que en lugar de disfrutar de la existencia tiene la mente y el cuerpo envenenados, siempre planeando cómo hacer daño a otros. ¿Cómo podría curar una persona que no se ha curado a sí mismo y no da testimonio vivo de la medicina?

6. CB: ¿Todos los que trabajan con energías de baja vibración son conscientes de ello? ¿Puedes considerarte parte de la luz pero sin embargo estar ‘capturado’ por fuerzas suprasensibles que no son luminosas? Si estas personas no están en contacto con los Dueños de la Medicina, ¿en contacto con quienes están (consciente o inconscientemente)?

PF: Creo que la mayoría de seres humanos no son muy conscientes de qué tipo de energías movilizan y de cuales sustentan con sus actitudes. Debido a la propagación de la educación moderna, de la racionalidad instrumental y del materialismo, creemos que los fenómenos externos que percibimos con los sentidos físicos constituyen una suerte de realidad última, cuando en verdad solo son la cáscara de la multidimensionalidad de lo real. Nuestra existencia se encuentra más determinada por factores suprasensibles de lo que solemos admitir. Estamos en permanente contacto, ya sea consciente o inconscientemente, con otros planos de la realidad, con otros mundos.

Los mundos inmediatamente superiores al nuestro están llenos de pensamientos y entidades de baja vibración. Según escribió Pablo de Tarso, en su Epístola a los Efesios, “no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de la tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. Imagínate, por ejemplo, con qué entidades espirituales o energéticas entra en contacto una persona que consume cocaína o pasta básica: con la droga se inhala toda la devastación ecológica, la violencia, la corrupción, la falta de respeto hacia nuestra propia ancestralidad. Muchos narcos y criminales tienen sus “santos”, sus ídolos a los que se consagran y les piden protección, e incluso sus videntes y “chamanes” a los que solicitan ayuda y ritos de prosperidad. ¿A quiénes están entregando su fuerza espiritual los que ven pornografía, los que van a un burdel, los que miran televisión basura?

La publicidad, que busca modificar el pensamiento, las emociones y las acciones de las personas a distancia, es, en el sentido literal del término, un intento de hipnosis. Hay veces que tengo la impresión de que la totalidad del mundo moderno parte de una gran acto de magia negra. Por eso es que nunca debemos perder, por una suerte de fascinación por el éxtasis, la tranquilidad de espíritu, la sobriedad emocional y la capacidad de discernimiento, la distancia crítica. No hay que correr tras las visiones, sino que hay que separar la paja del trigo, para decirlo en términos bíblicos. Es necesario conservar nuestro centro espiritual, mental y físico. Hay que pedir al Espíritu de Luz que nos alumbre el entendimiento para saber con qué seres debemos vincularnos y con quiénes no, y esto en todas las dimensiones del cosmos, en todos los mundos por los que transitamos.

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> “Papa Bari: padre sol”, una pintura de Chonon Bensho.

7. CB: Hoy en día es muy común, en la Amazonía especialmente, la organización de ceremonias de ayahuasca colectivas, en círculo y con cantos no personalizados. Obviamente esto no existía hace 50 años por lo que no es de ninguna manera tradicional. Si piensas que no todo es blanco y negro, y que hay luz en la oscuridad, ¿cuál es el lado positivo de este fenómeno contemporáneo?

PF: Mi opinión es que lo que está pasando, en los últimos años, con las plantas y los conocimientos indígenas es una aberración, una falta de respeto y una nueva colonización. La mentalidad moderna, que piensa ser libre de apropiarse de todo y tomar decisiones por cuenta propia, sin tomar en consideración las prescripciones de los abuelos (a las que suele considerar como meras supersticiones o tabús infundados), termina siendo muy adolescente y profanadora. Es evidente que la única motivación para este tipo de “sesiones chamánicas” es el dinero. Hay centros en la selva, algunos administrados por extranjeros, en los que reciben grupos de 15 o 20 personas para tener una experiencia psicoactiva conjunta. Lo que quiere la gente son visiones intensas y tener algo exótico que contar a sus amigos. Otros hablan de incrementar su creatividad, de buscar argumentos para una película o un poema. Hay resorts de lujo que cobran 200 dólares la noche. Como siempre, en un país sin ley y sin respeto propio, estamos dejando que cualquiera haga lo que quiera con nuestras tradiciones.

Muchos centros contratan shipibos que van por su necesidad económica, porque en la selva es cada vez más difícil vivir de los recursos del bosque, además de que es grande la atracción que ejercen las ciudades y el deseo por obtener ciertos bienes en el mercado. Algunos de mis parientes, que son médicos legítimos, también han ido para ganar algo para alimentar a sus familias. Pero, aunque no te lo van a confesar fuera del ámbito familiar, todos saben que en una ceremonia de 15 o 20 personas es imposible curar. ¿Cuántos de los asistentes a esas sesiones colectivas tienen un consumo regular de drogas o los cuerpos sucios por una vida desordenada? Lo que se hace entonces es que se canta para limpiar el ambiente y que el mal aire no choque a los médicos. Puede ser que luego, en algunos de esos centros, se haga un tratamiento más personalizado a algunos de los pacientes, y ahí sí ayudarlos un poco más. Pero en general es solo un negocio; y tengo entendido que en algunos casos es muy lucrativo.

Son muchas las voces serias que han denunciado los peligros de estas prácticas. Ha habido muertes en las sesiones e incluso violaciones. Yo sé que en Norteamérica y en Europa hay ceremonias de más de 50 personas en las que se cobra 150 dólares a cada uno; la gente se tira en el piso, se muerden, se revuelcan, vomitan. Y los que dan de tomar dicen que así es la curación, que se trata de una catarsis, de una purga emocional. Pero lo cierto es que mucha gente se está enfermando por ese consumo recreacional e irresponsable. Claro, ellos no se dan cuenta, se siente bien por un tiempo, alegres de que han tenido grandes intuiciones, de que han atravesado pasajes oscuros, sus egos crecen; pero basta ver con atención su aspecto físico y la inquietud en su mirada para saber que están enfermos. Nosotros vemos a muchos extranjeros por las calles de Pucallpa desarreglados, sucios, flacos, ojerosos. Ahí no hay medicina. Además, qué importa tener grandes revelaciones mentales si no somos luego capaces de romper con el sufrimiento, con el egoísmo, de transformar nuestra cotidianeidad. Si no somos capaces de vivir en paz con nuestra pareja, de criar bien a nuestros hijos, de hablar con respeto a nuestros padres. Todo conocimiento que no nos haga mejores personas y que nos libere del egoísmo, es vanidad.

La verdad es que yo no creo que muchas de las personas que vienen de otros países a tomar ayawaska estén buscando curarse. Es más, ni siquiera deben creer posible el tipo de enfermedades que un médico legítimo puede curar. El menosprecio y el racismo pueden haberse disimulado, silencio por la corrección política, pero el orgullo de los supuestos “civilizados” es muy difícil de amainar. Muchos extranjeros piensan que curación es un proceso introspectivo casi psicoanalítico, una suerte de revivencia de la experiencia traumática, luego de la cual se curan mágicamente; pero luego de esas experiencias, no se ven muchos cambios a largo plazo, sostenibles en el tiempo, salvo un pequeño momento de euforia. Eso no es lo que nosotros nos referimos con curación. Las plantas no son juguetes, sino que merecen todo nuestro respeto. Hay que saber cómo hablar con los Dueños de las plantas, cómo presentarse, con qué palabras y frecuencias vocales se abren sus mundos medicinales. Ellos trabajan con los médicos porque nos conocen, nos consideran sus amigos, sus parientes. De lo contrario, pensarán que somos unos extraños, unos intrusos que quieren hacerles daño, y se defenderán contra nosotros. Es así que muchos se enferman, que se kutipan, para decirlo en términos amazónicos. El conocimiento visionario de las plantas es del pueblo y para el pueblo. Hay que acercarse con respeto y humildad.

En la actualidad, los mismos consumidores de ayawaska del extranjero están queriendo imponer sus propios conceptos sobre las prácticas amazónicos. Por ejemplo, hay quienes afirman que el Onanya no es un médico, sino que es un guía, una suerte de psicopompo que nos guía en un viaje astral. Pero eso no tiene nada que ver con las prácticas de nuestros abuelos; y por eso creo que es tan necesario deslindar bien los términos, porque si no ya no sabemos a qué nos referimos. Además, hay muchos que quieren hacer aparecer como que toda la experiencia medicinal se centra en el ayawaska, en las visiones y el viaje del alma por las regiones celestes o submundos. Pero lo cierto es que no es necesario que el paciente tome ayawaska para que se sane; la gran mayoría de pacientes shipibos no toman ayawaska, sino que el médico toma para curar. El ayawaska, en sí, tiene propiedades medicinales, pero eso se toma de otra manera, sin mezclar con chakuruna, dietando, como una purga. Pero el ayawaska mezclado con chakuruna, lo que los shipibos llaman oni, eso lo toma el médico. Para curar, el médico canta de manera específica a cada paciente, según las visiones que va teniendo de la enfermedad. A mí lo único que me interesa es la curación.

8. CB: Existen también centros en donde no solo se organizan ceremonias de ayahuasca como las mencionadas arriba sino también dietas de varios días con plantas amazónicas como el chiric sanango, el ajo sacha y la bobinsana. Muchas dietas de este tipo se abren con una purga de tabaco. ¿Es necesario combinar los días que se dietan con plantas como estas con ceremonias de ayahuasca? ¿Cómo lo ves desde la tradición shipibo-konibo?

PF: La dieta es la base del aprendizaje y de la curación. Cuando uno quiere aprender, se retira y empieza su dieta. Al principio debemos dietar bien estricto, cumpliendo con todas las indicaciones. Entonces los Dueños espirituales de las plantas se van acercando a nosotros, nos van conociendo y dando algunos de sus conocimientos. Al principio nos enseñan más que nada lo negativo; eso tenemos que ir rechazando para llegar a ser médicos y no perdernos en la brujería. Hay que tener cerca a un médico que sea nuestro maestro, que nos limpie de lo negativo, que nos guíe, que nos transmita sus protecciones. Nuestro maestro nos tiene que abrir la conexión con el mundo medicinal, el kano; eso es algo que se hereda y que normalmente se transmite dentro del círculo familiar. Por eso yo uso la palabra maestro, para poder explicarlo bien, pero lo que yo tengo son unos tíos que con mucho cariño me han compartido sus conocimientos. Yo les digo tíos, no les digo maestro como si se tratara de un gurú. El maestro verdadero es el Creador, y no hay nadie que pueda ocupar su lugar.

Cuando ya nos hemos acostumbrado con las plantas, después de un año de dieta sin sal, sin dulce, sin aceite, ya podemos aligerar un poco las dietas, flexibilizarlas. Eso sí, nunca durante la dieta se puede comer ají, tomar alcohol, tener relaciones sexuales, comer ciertas carnes. Y sea o no sea en dieta, el médico legítimo nunca come chancho ni puede ser un borracho. Al final, ya cada médico desarrolla su propia manera de dietar y de hacer dietar a sus pacientes. Mientras más conocimiento se tenga, más flexible se puede ser, porque no se puede hacer dietar a todos los pacientes de la misma manera. Cada caso demanda una manera singular, particular, irrepetible, de ser encarado. Ese es el motivo principal por el que no resultan confiables las sesiones de curación colectivas.

Antes de casarme con Chonon, como yo quería aprender de la medicina amazónica he trabajado con varios “chamanes” y en algunos centros que reciben grupos de extranjeros. Lo que yo he visto ahí me sirve para saber cómo no se deben hacer las cosas. Algunos extranjeros vienen y le dicen al “chaman”, “yo quiero dietar esto, yo quiero dietar lo otro”, y él les da nomás, para no hacer problemas. Hay que acordarse de la premisa de los negocios de servicio: el cliente siempre tiene la razón. Esos dietadores después hablan de las plantas que supuestamente han dietado como si fueran figuritas de un álbum. ¿Pero cuántos días han dietado? Se trata de acumular plantas, porque su pensamiento no ha podido escapar de la lógica de la acumulación que es la base del sistema económico imperante.

La medicina auténtica no puede responder a esa forma de pensar y comportarse. Si yo doy a un paciente una planta, tengo que saber para qué se la doy, qué males específicos estoy curando con esa planta. Chiric sanango se le da al que tiene frío; renaquilla al que tiene un problema en los huesos; ajo sacha al que sufre saladera, atraso, al que todo le sale mal. Hay que saber para qué sirve cada planta. Y ese es un conocimiento que cada médico maneja. Por otra parte, yo no soy muy partidario de usar el tabaco como purga; es cierto que el tabaco limpia, pero también nos puede volver un poco más irascibles. Hay dietas en las que se pone a remojar con las plantas un poco de tabaco, pero es solo un poco, porque si se usa más de la cuenta nos puede desviar hacia la brujería. En nuestra tradición medicinal, el tabaco se usa más que todo fumando, sin inhalar, para botar todo lo negativo del ambiente o del cuerpo del paciente. Hay otras naciones, como los yanesha, que usan una pasta de tabaco que se llama ampiri, pero, aunque lo he probado, esa es costumbre y conocimiento de ellos, que no manejo. Cada familia tiene su sabiduría; y si bien es importante conocer las otras escuelas, no se puede tampoco mezclar todo de forma indiscriminada. Para purgar yo utilizo plantas perfumadas que aromatizan el cuerpo.

9. CB: “Es más fácil ser brujo que ser médico. Porque la negatividad es lo primero que se abre: resentimientos, envidias, odios.” ¿Qué tipos de negatividades son las que predominan más hoy en día?

PF: Una cosa es tratar pacientes shipibos y otra tratar pacientes de la ciudad. Los shipibos que me buscan a mí son solo mis familiares, gente muy cercana. Ellos vienen con enfermedades específicas y se les cura fácil. Llegan con humildad y con mucha fe. Su pensamiento es bueno. No tienen tanta negatividad. Pero los pacientes de la ciudad suelen ser casos más complejos, porque traen cosas irresueltas a nivel psíquico y emocional, muchos tienen enfermedades físicas y sufren una desconexión espiritual. Además, pocos son humildes, suelen tener una pobre experiencia de la divinidad, sus propios pensamientos negativos se cierran a la medicina y tuercen un poco las dietas. La cultura imperante incentiva mucho los deseos egoístas y fomenta una práctica irresponsable de la sexualidad. Los comportamientos son muy promiscuos y pasionales; el resultado es un sentimiento de soledad exacerbado, celos, rabia y desesperación.

En ciudades como Lima y Buenos Aires hay mucha agresividad, mucho miedo y desconfianza; y algunos buscan soluciones mágicas a sus problemas, pero no quieren dejar de lado los hábitos que los enferman y hacerse responsables de su salud. El apego a estilos de vida poco saludables es muy fuerte. Los Dueños de la medicina no quieren curar cuando ven que una persona es mezquina, es vanidosa o es racista. También muchos pacientes llegan a nosotros tras varios años de abuso de alcohol o drogas, y eso es un trabajo muy pesado. Con algunas plantas que tenemos podemos hacer que la persona que se droga o que toma en exceso, se quede asqueada; y si pone de su voluntad, con unas semanas de tratamiento se puede curar. Pero limpiar por completo un cuerpo intoxicado toma varios meses. Lo importante es entender que ni el mejor médico puede curar a quien no se quiere curar. Toda curación demanda que el paciente haga sacrificios, que se responsabilice de su estado de salud y esté dispuesto a hacer lo necesario.

Entre los que dicen practicar el “chamanismo”, hay varios que son mujeriegos, que son alcohólicos o que son envidiosos, por eso no llegan a dietar bien; pueden tener ciertos conocimientos, porque todo ser vivo tiene su propio conocimiento, pero no son médicos. La dieta es un asunto muy delicado. Tienes que estar en aislamiento: si te cruzas con una mujer menstruante, si hueles algo putrefacto, si te comes algo que ha sido preparado por personas que han tenido relaciones sexuales, puede afectar tu dieta y hacerte sentir mal. Nadie llega a ser médico si no ha nacido para eso, si no tiene una vocación firme. Además, para curar a sus pacientes el médico tiene que sacrificarse por ellos; no se cura así nomás, recetando una pastilla en un escritorio, sino que al médico le afecta la enfermedad del paciente y tiene que batallar con ese mal en su propio cuerpo. Esta capacidad amorosa de entrega por el prójimo viene inspirada por Dios. Yo creo que buena parte de los males y del sufrimiento humano tiene su raíz en nuestra rebeldía, en no tener a Dios en el corazón y querer vivir según nuestras propias opiniones acerca de la felicidad, del éxito y del progreso.

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> Kewe (diseño bordado en textil) de Panshin Same, hermana de Chonon Besho y cuñada de Pedro Favarón.

10. CB: Algunos estudiosos postulan que la combinación ayahuasca-chacruna no pasa de 300 años. ¿Cómo ves el origen del uso de esta combinación en el pueblo shipibo-konibo?

PF: No estoy muy seguro de que esa hipótesis sea cierta. Me parece muy arriesgado afirmar algo así. Además, no creo en la neutralidad de las afirmaciones que vienen de las ciencias sociales. ¿Cuál es la intención detrás de una afirmación de esa naturaleza? ¿Por qué decir con tanta seguridad algo así, cuando me parece imposible llegar a esa afirmación de manera concluyente? Pero hay ciertas aspectos en esa teoría que sí me parecen sostenibles. Yo he leído esta hipótesis en Peter Gow, cuyo trabajo se basa en datos que recolectó en el bajo Urubamba con pobladores mestizos y de la familia lingüística arawak, entre quienes el uso del ayawaska con chakuruna no es antiguo. Basta decir que los médicos ashaninka reciben el nombre de shiripiari, cuya traducción literal parece ser tabaquero.

También es posible afirmar que los pueblos quechua de Lamas no utilizaban el ayawaska mezclado con chakuruna hace 200 años, sino que usaban solo la liana como purga. Yo he convivido con un antiguo curandero de San Miguel de Río Mayo, en la región de Lamas, que se llama Don Cristóbal Salas, que me daba de tomar un ayawaska sin chakuruna y luego cantaba; cuando tomábamos, no teníamos visión, pero su medicina producía unos sueños intensos, largos, claros, lúcidos. Él manejaba mucho el mundo femenino de la medicina, lo que se conoce como warmi. Si uno no sabía podía pensar que ese curandero no tenía ninguna fuerza, porque su ayawaska mareaba solo un poco; pero él conocía ese mundo femenino con mucha hondura. Por eso digo que cada pueblo tiene su propia manera, su conocimiento, y todos son respetables; y dentro de cada nación, ningún médico sabe lo mismo que los demás o practica igual. Lo que sucede es que el negocio del ayawaska está homogenizando las prácticas y no reparamos en la riqueza de estas diferencias, de estos diferentes linajes y escuelas del curanderismo amazónico.

La expansión en la Amazonía del uso del ayawaska con chakuruna parece ser más o menos reciente, posiblemente como un efecto colateral de las convulsiones causadas por el boom cauchero. Puede ser un fenómeno con ciertas similitudes con el del peyote en Norteamérica y la popularización del Native American Church (NAC) luego de la derrota militar a manos del ejército de Estados Unidos. No en vano, es de ese tiempo el surgimiento del movimiento Santo Daime en Brasil, que también, al igual que el NAC, tiene una similitud con la iglesia católica. Me parece que en el Daime no es tanto el ayawaska lo que cura, sino la estructura religiosa, el dar a sus miembros un sentimiento de pertenencia y sociabilizarlos, brindarles unas pautas de vida para que puedan desarrollar conductas positivas.

Yo he escuchado decir que los antiguos Meraya del pueblo shipibo no necesitaban tomar ayawaska para curar y desplazarse hacia los mundos espirituales. Y es que, como ya dije, la persona que ha dietado bien puede prescindir del ayawaska. Pero tengo la impresión de que la combinación de ayawaska con chakuruna sí fue utilizada desde antiguos (no podría precisar cuántos años) entre los pueblos cercanos al río Marañón y al río Ucayali, y por las zonas de influencia cultural de estas naciones ribereñas. Es decir, yo creo que fue utilizado por los pueblos de la familia lingüística jíbara, por los de la familia lingüística pano, por los cocama y también por los tukano occidentales, los airo-pai. No tengo elementos para afirmar mucho más allá de ese territorio. Pero sí tengo la seguridad de que tampoco fue utilizado en la región de Madre de Dios.

Cuando he visto videos sobre el uso del ayawaska en otras culturas, como por ejemplo entre los Cofanes de Colombia, los taytas, respeto su forma de usar la planta, pero veo que es muy diferente a la herencia de mi familia, que tiene muy poco que ver, y hasta me sorprende. Ellos tienen sus propios conocimientos y con ellos pueden ayudar a la gente. Cada quien sabe lo suyo y es bueno respetar la diversidad. Al fin de cuentas, todo este asunto arqueológico sobre el origen de la medicina y los años de uso no es algo que a mí me despierte mucha preocupación. Lo ancestral no es una categoría fija, sino algo flexible y que se pone a disposición del presente, que nos ayuda a vivir bien. Nosotros vivimos en diálogo con los antepasados, encontrándonos con ellos en nuestros sueños y escuchando sus palabras. A mí me basta con la explicación de los antiguos, quienes decían que el conocimiento de las plantas medicinales viene desde el mundo espiritual. Los Hijos del Sol enseñaron a los primeros Onanya a usar el ayawaska.

11. CB: ¿Cuál sería el problema de consagrar a la ayahuasca como la madre de todas las plantas?

PF: Según nos ha enseñado nuestro abuelo Ranin Bima, la fuerza medicinal y el conocimiento de las plantas viene del Gran Espíritu, que en shipibo se llama Nete Ibo y es el Dueño de todo lo existente. Es Aquel que los antiguos quechuas llamaban Pachakamaq, el que sopló su aliento a toda la materia, el que animó el mundo, el que dio vida a la vida y ordenó el cosmos. Él dio su luz al sol. Ahora, el sol nos brinda sus rayos, su calor, fecunda la tierra, por eso podemos llamarlo padre con justeza. La tierra recibe nuestros pazos, nos da los alimentos con generosidad, las plantas se enraízan en ella, y por eso la llamamos madre. El agua, en cambio, cuando es lluvia o río que preña las orillas, actúa como una potencia masculina; pero cuando es una cocha que posibilita la vida de los peces como un útero, parece más bien femenina. Todo se define según su acción en el mundo. Es un asunto científico, pero expresado de la manera afectiva y poética propia de los pueblos indígenas. Yo no veo que el ayawaska se comporte como padre o como madre en ningún sentido.

Lo que a mí me han dicho mis familiares es que el Dueño espiritual del ayawaska es un Inka y que la Dueña de la chakuruna es una mujer amazónica, antigua, una mujer espiritual. Entonces, la bebida oni es un matrimonio. La mayoría de las plantas tienen aspectos femeninos y masculinos; y sus Dueños se presentan a nosotros en pareja, lo que se corresponde con el pensamiento complementario que practican muchos pueblos indígenas. Ahora, la idea de que el ayawaska es la madre de todas las plantas no sé de donde sale; pero pensando en tu pregunta, me parece que viene de una tendencia a jerarquizar y catalogar propia del pensamiento moderno. ¿No ves que todos queremos ser los mejores, ganar la carrera, vencer al oponente? Pero el maestro Jesús enseñó que quien quiere ser el primero, debe ser el siervo de sus hermanos. Los que tienen más fuerza espiritual entre nosotros, son los que más se sacrifican por los demás, los que tienen una responsabilidad más profunda.

12. CB: Siento que un legado de la cultura ancestral del mediterráneo es ese camino del intelecto, representado por la escultura de Rodin: el ser humano que piensa, interroga y no deja de lado nada. Considero que uno de los problemas de una gran parte de la ciencia occidental es que hay cosas que se dejaron de interrogar. Es como si en un momento de la historia europea, el occidente hegemónico eliminó a la sabiduría esotérica, al parecer al menos la positiva, representada por el dragón: persiguió a sus astrólogos, médicos visionarios y brujas (en el sentido euskera del término: Sorginak, mujer que sirve a la madre tierra y hace pagar cara la mentira). Teniendo parte de ese linaje, ¿al publicar tus libros y artículos sientes que estás participando en la limpieza esos prejuicios en la ciencia occidental?

PF: La herencia platónica es muy distinta a la aristotélica, para hablar de las dos líneas del pensamiento griego que han prevalecido hasta nuestros días y han marcado el rumbo de Occidente. Mientras Platón es más cercano a los elementos iniciáticos, a la interioridad y al conocerse a uno mismo, la línea de Aristóteles es más positiva, digamos, más próxima a lo que se conoció en la modernidad como lo propiamente científico. Los llamados Padres de la Iglesia, como San Agustín, utilizaron el aparato conceptual platónico para hacer más comprensivo el mensaje crístico en un entorno cultural distinto al judío; claro, no tomaron a Platón por completo, pero les fue muy útil para poder expresar la aspiración del alma a lo bueno, a lo bello, a lo luminoso. Y esa línea, bastante más mística, prevaleció por muchos años. Los tratados de Dionisio Areopagita y de San Agustín, de san Gregorio de Niza y de Caciano, que fueron leídos todo el medioevo, son bastante representativos de ese periodo.

Es en la alta Edad Media que las universidad europeas empiezan a dar un giro más pronunciado hacia la Escolástica y el pensamiento aristotélico. Uno de los representantes máximos de esta corriente es Santo Tomás, que era un pensador bastante racional, aunque nunca deja de reconocer que existe un conocimiento divino que supera las posibilidades intelectuales y viene de una experiencia amorosa de Dios. Más tarde, Descartes y Hobbes, entre otros, dan inicio a la modernidad cuando acentúan esta línea racional de pensamiento, pero no podemos olvidar que ambos eran creyentes, así que todavía tenían reparos a la hora de pensar la autonomía de la racionalidad humana. Es con recién la Ilustración que la civilización occidental empieza a pensarse a sí misma al margen de Dios y cree que puede llegar a la verdad por el uso exclusivo de su razón. Entonces, no se trata de un fenómeno muy antiguo y es fácil rastrear su genealogía. Lo que sucede que sus efectos en el modo de habitar al tierra han sido muy notorios, han impactado y transformado el mundo, pero me parece que esa línea de acción y pensamiento no va a prevalecer mucho tiempo más.

Según han escrito Adorno y Horkheimer, en La dialéctica del iluminismo, hay un componente autoritario y excluyente en la base del pensamiento ilustrado. Pensar que solo se puede llegar a la verdad mediante el método de las matemáticas y de las ciencias modernas, deja de lado aspectos fundamentales de nuestra condición vital. Para los pueblos amazónicos, como para otros pueblos indígenas, los conocimientos legítimos vienen desde los mundos espirituales; y podemos llegar a ellos gracias a los sueños y las visiones. Lo cierto es que las ciencias modernas no alcanzan a tocar, por lo menos hasta ahora, las realidades espirituales, sino que tenemos que acceder a ellas mediante un ejercicio poético. El romanticismo alemán y algunos poetas franceses del siglo XIX fueron una pronta respuesta crítica a la hegemonía de la Ilustración. La herencia occidental es múltiple y llena de matices, de conflictos y posibilidades.

Sin embargo, si bien me interesa conocer esta herencia, no tengo mucha relación afectiva con Europa. A pesar de que parte de mis raíces se remontan al Mediterráneo, mis ancestros reconocibles solo los encuentro en el continente americano (a ambas orillas del Río de la Plata, en Chincha, en Barranco, en La Paz) y no tengo cómo acceder a un pasaporte comunitario. Mi familia argentina está asentada en el noroeste, una región montañosa en la que me aquerencio con facilidad y en la que siempre encuentro coca fresca para acullar. Mi mujer tiene sangre shetebo, shipibo, konibo y cacataibo. Mis hijos serán mestizos y quiero educarlos en lo mejor de sus herencias culturales; pero su lengua materna será el shipibo. A mí me dan alegría todos estos entrecruces; y me siento profundamente indoamericano. Estoy absolutamente reconciliado con mi herencia judeo-cristiana y he rescatado todo su amor por Dios y servicio al prójimo. No creo que la creencia en un solo Dios sea necesariamente autoritaria; así mismo, no veo nada negativo en los Evangelios, porque Cristo habló para descolonizar los espíritus que sufrían bajo la opresión romana. La alianza de la Iglesia con el poder me parece del todo anti-cristiana y resulta necesaria una profunda autocrítica. San Pablo decía que el amor al dinero era el origen de todos los males. El problema no es una escuela de pensamiento, sino el egoísmo y la búsqueda del poder.

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> Las visiones y los mundos. Sendas visionarias de la Amazonía occidental (2017), va por su segunda edición este año 2018 en Argentina.

13. CB: ¿Cómo ves tu rol hoy en día dentro del mundo académico?

PF: La ciencia y las verdades académicas no son cosa cerrada, que se ha cristalizado de una vez para siempre. El mundo de la academia debe ser un lugar de luchas epistémicas, de debate y de posibilidades abiertas. Por ejemplo, en el mundo de las ciencias “duras” las hipótesis con respecto a la relatividad, a la física cuántica, a la termodinámica, la incertidumbre y la astrofísica, han fisurado el paradigma moderno. Nos estamos abriendo a nuevas maneras de pensar, de ser, de relacionarnos, a nivel económico, social, filosófico, ecológico, espiritual; es más, el modo moderno de habitar la tierra es insostenible, no da para más, ha despertado duras críticas desde diversos campos intelectuales y está muy resquebrajado. El cambio a un nuevo paradigma no solo es posible y está empezando a acontecer, sino que será cada vez más una necesidad vital. Hay que encontrar formas más armónicas de habitar la tierra y de entendernos como parte de fino tejido vital en el que todo está vinculado y vivo.

Hace poco recibí un manifiesto, firmado por unos cientos de académicos norteamericanos y europeos, que propugnaban la necesidad de una ciencia postmaterialista. Los cambios son evidentes. Por supuesto que no se trata de un camino unidireccional, sino que siempre surgen respuestas reaccionarias y temerosas al cambio. Nuestro apego a lo conocido, a lo heredado, a nuestros condicionamientos culturales, es muy grande. En tanto más nos resistamos a lo que viene aconteciendo, más sufriremos. Yo creo que parte de mi misión, del sentido de mi vida, es ayudar a la gente a pasar esta etapa de tránsito con cierta conciencia y unidad con Dios; y aprender y rescatar lo mejor de mi herencia cultural y la de mi esposa, para las siguientes generaciones. No podemos afrontar los cambios de forma saludable si no tenemos una raíz sólida. Gracias a los conocimientos que nos han legado los ancestros de mi esposa, hemos podido aliviar un poco el sufrimiento de quienes se han acercado a nosotros pidiendo ayuda.

Yo no me siento anti-académico, sino que he tratado de abrir espacio a un modo de hacer academia desde lo intercultural, desde el respeto a los conocimientos ancestrales. No se pueden imponer metodologías eurocéntricas para leer toda la realidad; más bien, son los fenómenos estudiados, en mí caso, las realidades sociales y espirituales, las que deben proponernos como interpretarlas. Las sabidurías de los pueblos indígenas con los que he compartido experiencias, alimentos, risas, trabajos, me han permitido no enajenarme en la aspereza y dureza que quiere seguir manteniendo un sector de la academia occidental. Por momentos, he aprendido por la vía difícil, con fuertes llamadas de atención; he tenido que cuestionar y aflojar mi apego a ciertos patrones bohemios, rebeldes, desordenados, burlones, que por muchos años me impidieron entender lo que significaba caminar bien, de forma legítima, en equilibrio. Pero en el punto más grave, estando enfermo y cercado por la brujería, recibí el don de la humildad y del arrepentimiento. La humildad es la llave que abre todas las puertas. Ahora, como de niño, sé pensar con el corazón y mantengo mi mente con buenos y sencillos pensamientos. Converso con la tierra, con las plantas, con las montañas, con las piedras, con el agua. Tengo una mujer humilde y comprensiva, sabia y soñadora. Y el Espíritu de Dios vive en mi corazón y fortalece mis latidos.

CB: Muchas gracias.

Por Carlo Brescia
Marzo 2018


ENLACES DE INTERÉS:

– ENTREVISTA: Pedro Favarón: Ayahuasca, medio de
diagnóstico, por Gustavo Flores Quelopana (Libros Peruanos, Marzo 2017)

– PRESENTACIÓN del libro : “PUKA ALLPA ” viaje a la selva invisible en la Casa Museo Mariátegui (Asociación Amigos de Mariátegui, Febrero 2017)

BIBLIOGRAFÍA

– Libros

2003. Caminando sobre el abismo, vida y poesía de César Moro. Lima: Editorial Antares, Artes y Letras, 134 p.

2004. Movimiento. Buenos Aires: Editorial Tsé-Tsé.

2008. Oeste Oriental. Lima: Editorial Lustra.

2015. Puka Allpa. Viaje hacia la selva invisible. Lima: Biblioteca Abraham Valdelomar, 239 p.

2017. Puka Allpa. Viaje hacia la selva invisible. Segunda Edición. Paraná, Argentina: Editorial Fundación La Hendija.

2017. Puka Allpa. Viaje hacia la selva invisible. Tercera Edición. México DF: Proyecto Literal.

2016. Manantial Transparente. México DF: Cáctus del Viento.

2017. Las visiones y los mundos. Sendas visionarias de la Amazonía occidental. Lima: Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP), 346 p. ISBN: 9789972608315.

2018. Las visiones y los mundos. Sendas visionarias de la Amazonía occidental. Segunda Edición. Rosario de Santa Fe: Libros Enteogenos.

2017. Inka. Lima: Bardoborde editores.

– Artículos:

2010a. «Los caníbales. Visión amazónica de la antropofagia». En Tinkuy. Boletín de investigación y debate, 12. Ética, lenguaje y pueblos indígenas. Mayo 2010, Université de Montreal, pp. 93-120.

2010b. «Entrando en la Montaña: visión de la Amazonía en el Mercurio Peruano». En Tinkuy. Boletín de investigación y debate, 14. Periodismo antiguo en Hispanoamérica. Relecturas. Septiembre 2010, Université de Montreal, pp. 57-78.

2011. «Llamando a los Espíritus. Cantos Sagrados de la Amazonía». En Tinkuy. Boletín de investigación y debate, 16. Aprender a habitar el mundo: hacia nuevas articulaciones culturales. Julio 2011, Université de Montreal, pp. 149-167.

2016. «Arutam: la fuerza vital de los pueblos jíbaros». En Cultura Viva Amazónica, revista de investigación científica. Universidad Peruana de Pucallpa, Perú, pp. 14-20.

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