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« Hay un estado en el que el alma adopta una disposición lo suficientemente estable como para lograr el descanso y recogerse, si necesidad de volver la vista al pasado ni adelantarse al futuro, en el que el tiempo da igual, en el que el instante se prolonga sin tener que padecer el peso de su duración […], en el que todo se reduce al sentimiento de nuestra existencia, sentimiento que agota el presente: mientras dura ese estado el que se encuentra en él puede llamarse feliz […], ya que la felicidad más grande es no tener que llenar ningún vacío del alma. A menudo me he encontrado en ese estado, en compañía de mis fantasías de solitario, en la isla de San Pedro, tendido en mi barca y abandonado a las olas, o bien sentado junto al mar inquieto, o a orillas de un bello riachuelo o de un arroyo que corre murmurando sobre su lecho.

¿Y de qué se goza en ese estado? De nada, pues el exterior es como si fuera nosotros mismos; de nada salvo de nosotros y de nuestra propia existencia, y el tiempo que dura uno está, al igual que Dios, satisfecho consigo mismo. »

* * *

« Pude ver el cielo, alguna estrella y un poco de vegetación. La primera sensación fue placentera […]. No recordaba nada en absoluto del momento presente, no tenía un concepto claro de mi individualidad, ni la más mínima idea de lo que me había sucedido, no sabía quién era ni dónde estaba, no sentía dolor ni miedo ni inquietud. Veía correr mi sangre como quien ve correr un arroyo, sin reparar en que la sangre era mía. Sentía en todo mi ser una paz dichosa que, cuando me viene a la memoria, se me hace incomparable a todos los placeres que conozco. »

Jean-Jacques Rousseau
Ginebra, Suiza 1712 – Ermenonville, Francia 1778
citado en ¿CUANTA VERDAD NECESITA EL HOMBRE?
(Wieviel Wahrheit braucht der Mensch?)
SAFRANSKI, Rudiger (2013 [1990])
Barcelona: Tusquets Editores