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Fuente: SOLO PARA VIAJEROS, revista de viajes, turismo y desarrollo
(Cortesía de Guillermo Reaño)

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Alberto Benavides en el Museo Nacional Chavín, atrás: el ‘Obelisco Tello’, fotografía: CBrescia/2011

INVITADO DE LA SEMANA

ALBERTO BENAVIDES: Chavín de Huantar. En Chavín, gracias a la convocatoria de Marcela Olivas, estudiosa de nuestra rica cultura y actual directora del Museo Nacional de Chavín, se reunieron a inicios de junio más de veinte poetas de procedencias diversas para rendirle pleitesía a los dioses que poblaron el imaginario de los gentiles que vivieron en el regio callejón de los Conchucos y nos dejaron, para siempre, las huellas de su fascinación por la Tierra y los astros que la cobijan. La octava edición del Festival de Poesía El Patio Azul –la primera en suelo ancashino- fue un éxito resonante. Alberto Benavides, el conocido poeta de Samaca, fue uno de los convocados; el siguiente es el poema que dejó en las manos de Marcelita, la hacedora de esta fiesta de la amistad y la buena poesía…

Chavín de Huantar

Es clara mi vocación de cronista:
me gusta contar mis viajes espirituales o
espaciales. Ahora regreso de Chavín, al
comienzo del llamado callejón de Conchucos,
que corre paralelo al callejón de Huaylas.

Dos cordilleras separan a Chavín
del mar y otras dos corren al este y la separan
de la Amazonía. La voz “Chavín” dicen que
viene de Chaupín, que significa centro o punto
de encuentro en quechua. Lo que sí sabemos es
que ahí se encuentran las ruinas del más
sorprendente florecimiento de América:
Chavín. Los sacerdotes, no los guerreros,
generaron este extraño culto, seguramente
vinculado a la huachuma y sabe dios qué otras
plantas. John Rick (arqueólogo de la
Universidad de Stanford, que dirige ahora las
excavaciones en las ruinas de Chavín) nos
hace ver que las lápidas talladas no muestran
armas. El templo, dice Rick, muestra
conocimiento y convencimiento. Los chavín se
impusieron porque fueron ingenieros del agua.
Desviaron el río Mosna para hacer el patio
agua se encuentran debajo del templo y en los
alrededores. El templo se acabó de construir,
según data científica, el año 800 a.C.

Sabemos que Caral es más antiguo. Pero
no hay rating de antigüedad. Cada sitio, cada
huaca tiene lo suyo. Y el Templo de Chavín es
un monumento a la creación. El arte Chavín,
que alcanzó todo el Perú, que impuso el sello
de un estilo, y que no lo hizo por la fuerza
sino por el convencimiento. Los sacerdotes de
Chavín seguramente viajaron a lugares remotos
y sus artesanos enseñaron a labrar la piedra
y la tierra, y sobre todo, a conducir el agua y
llevarla por ductos cantando.

Nada entendemos del mundo y de la
mente de los Chavín, pero quizás, como dijo el
poeta de las Huaringas, Dimas Arrieta, quizás
podemos sentirlas, podemos exponernos a su
arte magnífico, sus huancas maravillosas, la
imponente arquitectura de sus templos. Quizás
el Templo de Chavín en conjunto sea una gran
maqueta ilustrando el manejo del agua.

No lo dicen los arqueólogos, pero creo
que el dios de Chavín es el dios del agua. Sus
sacerdotes conocieron secretos en los que
sustentaron su dominio espiritual sobre un
vasto territorio. Es el florecer del conocimiento
que levanta las voluntades para una obra
colectiva.

No cabe comparar nuestra sociedad con
algo tan remoto como Chavín. Pero para mí sí
hay una moraleja: la cultura y la inteligencia
pueden hacer más que la fuerza.

II

¿Qué más decir del dios de Chavín? Las
cabezas clavas (solo queda una en el templo),
las piedras grabadas, el obelisco Tello y sobre
todo el lanzón, o la huanca, antropomorfizan
animales, especialmente el otorongo, el águila
arpía y las serpientes. Es el arte magnífico de
Chavín que todos los peruanos hemos visto,
por lo menos en reproducciones. El hombre se
hace ahí animal y emparenta con la naturaleza.
El hombre, el micro-cosmos, lo incluye todo
y se vincula a todos los seres, seguramente en
base a poderosos psicotrópicos, en particular
el cactus San Pedro. La comunión del hombre
con la naturaleza queda evidenciada en
esta extraña escritura en piedra. Sobre su
significado puede haber muchas hipótesis, pero
creo que la fusión del hombre con la naturaleza
es obvia ahí.

Sacerdotes de la naturaleza, los Chavín
llevaron su creación, su estilo, quizás su magia,
al norte y al sur del Perú. John Rick sostiene
que no se puede hablar de una cerámica o
una cultura propiamente Chavín fuera
de Chavín mismo…; los arqueólogos hablan de
estilos “chavinoides”, por ejemplo en Ocucaje
o en Paracas. Sea como fuere el “formativo”
de Chavín se extiende ampliamente y marca la
creación cultural por mil años. Los incas, otro
de los grandes florecimientos del Perú pre-
hispánico, duran a lo más 200 años; es verdad
que su vida fue interrumpida bruscamente
con la llegada de los españoles y la irrupción
del cristianismo. Propiamente, ahí podemos
reconocer recién al Perú nuestro, este país
mestizo desordenado y conflictivo.

Pero Chavín no será nunca una
antigualla sino un gran florecimiento, una
obra poética magnífica. Es poesía pura, aun
si escapa a nuestra comprensión. Recuérdese
siempre que poiesis significa hacer, obra
humana, porque la naturaleza, decía Platón,
es obra de arte divino. La creación humana
es auténtico hacer, escuchando sin duda
a la naturaleza, pero levanta las fuerzas y
educa a un pueblo. Así los Chavín enseñaron
agricultura, cerámica, orfebrería, textilería…
y nos dejan ahí un monumento a la creación
que será siempre sorprendente e inspirador en
la gestación de una patria que todavía tenemos
que construir.

Conviene terminar con la insistencia
de Rick en que estos no fueron guerreros sino
sacerdotes o quizás, más que sacerdotes fueron
grandes y pacíficos creadores, es decir, poetas.

Alberto Benavides Ganoza
Lima, junio 2012

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