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Una experiencia bidimensional por los caminos de Chavín
Por Verónica Ochoa

Artículo publicado en
DESARROLLO, CULTURA Y TURISMO DESDE LA PERIPHERIA
Edición Agosto 2006 

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Desde la llegada al templo Chavín mi razón se debatía entre dos discursos muy fuertes, por un lado estaba el académico dado por los arqueólogos que excavaban con el cansancio propio de un oficio tan minucioso y exhaustivo como este. De otro lado estaba el discurso mítico que aportaba el chamán, avivado por ese entusiasmo y esa pasión que le son propias al creyente. Este hombre se encargó de darnos una serie de explicaciones que desbordaban toda lógica cartesiana, eran recurrentes en su relato personajes híbridos como serpientes emplumadas e imponentes aves con rasgos felinos, misteriosas sacerdotisas venidas de la selva de manera mágica, hijos de copulas semi-dionisiacas y así hasta el infinito del imaginario Chavín. Cierta frialdad posmoderna no dejaba de aparecer, como una barrera en mi cabeza, restándole verosimilitud a la narración del chaman, pero al mismo tiempo, otra tendencia muy arraigada a mi espíritu, la tendencia a la ficción, a la trampa sagrada, me atraía como un poderoso imán a sumirme en esa exuberante cosmogonía que tímidamente se empezaba a dibujar en mi cabeza. Muchas preguntas surgían ¿Será que todo cuanto el chamán dice es irreal o acaso es posible que mi escepticismo haya destrozado esa sensibilidad primigenia que te deja ver aquellas cosas que no son evidentes? ¿Cómo negar el inconmensurable poder, positivo o negativo, de la Fe? ¿Todo debe ser explicado científicamente para que se le considere cierto?

De cualquier manera no iba a resolver los misterios de Chavín en tres días, entonces era una decisión que estaba enteramente en mis manos, o asumía este encuentro con el vetusto templo como uno de carácter académico, en dónde una serie de tecnicismos iban a terminar por desapasionarme o, tal vez, dormirme, o me lanzaba en la trampa sagrada, en aquello que la literatura sutilmente ha llamado ficción para no usar una palabra tan recia cómo mentira. Fue entonces cuando decidí cruzar el umbral y dirigirme a un contexto dónde todo resultaba nuevo, fascinante, impredecible, desconocido.

Abandoné, pues, la quieta calma de lo conocido y me lancé a una suerte de viaje interior. Esa precisamente fue la propuesta del chaman, un viaje dentro del viaje. La idea era tomar la planta sagrada de Chavín en el trayecto de un camino que ellos consideran mágico. Es en estas circunstancias en que se puede decir que un trekking de cuatro horas podía llegar a convertirse en una experiencia psíquica, el San Pedro es tomado con el fin de abrir ciertos canales que posibilitan la introspección, la comunión con el espíritu propio, prescindiendo así de las molestas imposiciones del ego. Las plantas sagradas son usadas en el contexto del ritual o de la ceremonia, usualmente se toman con fines medicinales y bajo la orientación de un chaman, brujo, curaca, sabedor, taita o maestro según la cultura de la que provenga, en el caso de Chavín, una de las más fuertes teorías al respecto es que el chaman, figura indiscutiblemente representativa, usaba la planta para dominar y someter el cerebro y la voluntad de los muchos individuos que llegaban a Chavín en peregrinación, y haciendo uso de esta tiránica metodología se consolidaron como la civilización que buscaron y obtuvieron poder. Es una hipótesis y puede ser cierta, el San Pedro hizo las veces de bandera, consigna, doctrina, símbolo religioso, de igual manera en esos remotos tiempos como en los actuales un objeto sagrado, como una cruz o una esvástica, pudieron adquirir terribles significados, tanto como para matar o torturar en nombre de ellos. No es la cruz la que asesina, son las interpretaciones que se le dan a la cruz. No sé dónde escuché alguna vez que las malas lecturas de los textos sagrados han causado más muertes humanas que cualquier arma nuclear.

Desde la llegada al templo Chavín mi razón se debatía entre dos discursos muy fuertes, por un lado estaba el académico dado por los arqueólogos que excavaban con el cansancio propio de un oficio tan minucioso y exhaustivo como este. De otro lado estaba el discurso mítico que aportaba el chamán, avivado por ese entusiasmo y esa pasión que le son propias al creyente. Este hombre se encargó de darnos una serie de explicaciones que desbordaban toda lógica cartesiana, eran recurrentes en su relato personajes híbridos como serpientes emplumadas e imponentes aves con rasgos felinos, misteriosas sacerdotisas venidas de la selva de manera mágica, hijos de copulas semi-dionisiacas y así hasta el infinito del imaginario Chavín. Cierta frialdad posmoderna no dejaba de aparecer, como una barrera en mi cabeza, restándole verosimilitud a la narración del chaman, pero al mismo tiempo, otra tendencia muy arraigada a mi espíritu, la tendencia a la ficción, a la trampa sagrada, me atraía como un poderoso imán a sumirme en esa exuberante cosmogonía que tímidamente se empezaba a dibujar en mi cabeza. Muchas preguntas surgían ¿Será que todo cuanto el chamán dice es irreal o acaso es posible que mi escepticismo haya destrozado esa sensibilidad primigenia que te deja ver aquellas cosas que no son evidentes? ¿Cómo negar el inconmensurable poder, positivo o negativo, de la Fe? ¿Todo debe ser explicado científicamente para que se le considere cierto?

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El taita

El caso es que me apropié de mi decisión y con gran respeto ingerí el liquido que produce la cocción de cactus sagrado, lo que vi y sentí es algo que íntimamente me pertenece. Ha pasado un buen tiempo desde que empecé a tener experiencias con plantas sagradas y al sentir el San Pedro en mi cuerpo puedo decir que no sentí nada parecido al extrañamiento, mejor, tuve la sensación que retomaba un camino que había empezado a recorrer unos años atrás, porque como dije anteriormente no es la planta, es la interpretación que yo le doy y como canalizo esa energía introspectiva que me inunda. Es indiscutible que uno puede llegar a un estado de vulnerabilidad tan profundo, y en esa medida, quedar expuesto si acaso el que guía tiene malas intenciones y desea hacerle mal, pero el territorio sobre el que camina es enteramente suyo, es su psique y en la medida en que la conozca sus pasos son más firmes.

Son estas apreciaciones muy personales, hacen parte de mi experiencia, de mi visión sobre un tema tan particular y delicado. Lo que resta decir es que, por fortuna, encontré a una buena persona que guiara mi experiencia con el San Pedro, una persona que a lo largo del camino dio muestras de gran generosidad y tranquilidad, tenía en su poder una gran bolsa de caramelos que fue regalando por todo el camino a seres que pude ver y a otros que no. Pago tras pago llegamos a un punto en donde se dejaba ver, imponente, el nevado Huantsan. El taita se volvió y me dijo: este es el regalo que tenía reservado para usted y me dio un abrazo fraterno, contundente. Me dijo que me sentara a mirar la montaña sagrada con atención y así lo hice, luego de unos segundos un rostro empezó a emerger de las comisuras del nevado, no era algo que podría parecerse a un rostro, como una nube que tiene forma de elefante o de botella, era un rostro tan humano y lleno de rasgos como cualquier rostro vivo. La sensación fue tan impactante que me sobrecogió un temblor que devino en llanto, entonces el taita me dijo con su voz calma y orgullosa: El es el primer taita, a él le debemos lo que sabemos. Debo decir que el gesto de aquel rostro venerable no era para nada suave, era implacable, producía escalofríos y un profundo respeto. El fenómeno podrá ser explicado de mil maneras pero para mi es claro que aquel es un ancestro que mutó en montaña, que es pura magia y que es absolutamente real.

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Huantsan, montaña sagrada y su rostro humano.
(Foto de una foto de Jose Carlos Orrillo)

Verónica Ochoa (Medellín, Colombia)
Agosto 2006
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